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“… sin mirar a los costados…” (La Fuente VI)

abril 5, 2009

Al cabo de un rato, la cervatilla sintió hambre.  Reparó en que no había probado alimento desde que emprendió la marcha y buscó algún fruto con qué sustentarse.  Llegó a un pequeño remanso del monte y allí encontró árboles y plantas con gran cantidad de frutas y verduras.  Sin perder tiempo comenzó su frugal almuerzo con cierta avidez y casi sin saborear el alimento.  Estuvo así por algunos momentos cuando de repente un pensamiento cruzó su mente como una centella luminosa:  “Todavía falta mucho por andar…; sí, reestableceré mis fuerzas, pero mi corazón no encontrará reposo ni sosiego hasta que se sacie de la Fuente amada”,

waterfall

 

¡Oh bosques y espesuras

plantadas por la mano del Amado!,

¡oh prado de verduras,

de flores esmaltado!,

decid si por vosotros ha pasado.

 

 

Comió lo suficiente y se sintió sustentada.  Bebió del arroyo que aparecía cerca de allí y permaneció por un rato echada al borde de aquellas mansas aguas.  Recorrió con la mirada cada detalle del panorama que se le presentaba a su vista y por primera vez en su vida se sintió sumida en un éxtasis contemplativo, imposible de definir.  Tanta maravilla de la naturaleza la tenía abismada, casi sin sentidos ni conocimiento.  Fijó luego la mirada en una gran roca, cuyos accidentes eran utilizados por las águilas para hacer sus nidos.  La añeja roca, después de observarla largamente, sacó de su arrobamiento a la cervatilla y le habló en estos términos:  “¿Qué es lo que te tiene tan absorta, pequeña cervatilla?”.  “Pienso en qué soy yo en medio de tanta belleza y cuál es mi aportación al bien de la naturaleza…”.  “Pequeña cervatilla”, replicó la roca, “por lo que me dices me parece que te encierras en ti misma y no has comprendido el fin de todas las criaturas.  El silencio camina por el valle nevado pero nadie escucha sus pasos.  Los ríos siguen su camino sin mirar atrás a los costados.  Las rosas perfuman el aire pero no se preocupan si los transeúntes se detienen para aspirar su perfume.  Las estrellas brillan, pero no les importa si los lagos reflejan o no su luz.  El viento sopla donde quiere y como quiere; sientes sus caricias y escuchas su canción pero no sabes de dónde viene ni a dónde va.  Todos se dan, cumpliendo su ley, pero nunca se vuelven sobre sí mismos… ¿Cómo te gustaría darte, sin reservarte nada para alimentar tu egoísmo?”  

La cervatilla quedó petrificada.  Ni el mismo rayo de la noche anterior le dejó tanta impresión como aquellas palabras.  No sabía qué contestar;  mil pensamientos bullían en su cabeza:  el viejo árbol, la golondrina, el sol, la luna, y ahora la gran roca:  todos pensaban en ella, en su bienestar, todos cumplían su ley al darse por completo y ella…  Ella sólo había pensado en sí misma y satisfacer su propia necesidad.  Ahora parecía que los impulsos y motivaciones de su corazón se veían interpelados y ella misma sentía la necesidad de renovar sus ideas, reorientarlas y purificar sus intenciones.  ¿Qué hacer?  Y todo el camino andado, ¿tenía rezón de ser?  Si hasta este punto del camino todo lo había hecho y sacrificado por ella misma y por el deseo de sentirse saciada, ¿valía la pena continuar por un bien que parecía que sólo a ella le beneficiaría?  Entonces, ¿cómo cumpliría ella su ley de darse sin reservas?… (Continuará…)

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